Si leyésemos las obras literarias como documentos de la realidad, de seguro llegaríamos a la conclusión de que los soldados venezolanos, y el mundo militar en general, han sido un obstáculo para el desarrollo del país.

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La figura del soldado ha tenido una constante y significativa presencia en la literatura venezolana. Como si se tratase de un símbolo que representara el destino de la tragicomedia nacional, el personaje del militar ha sido empleado, en la mayoría de los casos, como portador de los escabrosos valores de la violencia, la corrupción y la injusticia. Construido desde las personificaciones del bandido feroz, del pícaro truhán o del risible e inofensivo esperpento, incapaz de sostenerse en pie por el hambre desmedida, quizás en estas variaciones de la representación podríamos hallar un diagnóstico de nuestra crisis.

Si leyésemos las obras literarias como documentos de la realidad, de seguro llegaríamos a la conclusión de que los soldados venezolanos, y el mundo militar en general, han sido un obstáculo para el desarrollo del país. Basta nomás recordar el argumento de El sargento Felipe, novela de Gonzalo Picón Febres publicada en 1899, en la cual se cuenta la historia de un humilde campesino de nombre Felipe Bobadilla, quien vive feliz al lado de su esposa y su hija, satisfecho con lo poco que deja la labranza; sin embargo, ese idílico mundo revienta cuando es reclutado y convertido en sargento. La milicia y la guerra le arrebatan la felicidad, su familia, su tierra y las esperanzas de un futuro mejor.

Felipe Bobadilla es otro luego de haber sido convertido en militar a la fuerza y, con la destemplanza que le ha traído la vida castrense, dice con las palabras de un desengañado:

“pero experiencia tengo que me sobra, y ella me ha enseñao en lo que paran estas cosas de la guerra. Y ¿Sabe usté, mi amigo en lo que paran? En llenarse el país de generales mucho más de lo que por desgracia está, generales del cuartajo que todo se lo roban, que a todo el mundo insultan, que por todo se insolentan cuando cargan el machete en la cintura, y que a pesar de ser tan animales como yo, que lo soy pa que se vea, llegan pronto a presidentes, y hacen lo que les da la gana, y los letraos les adulan que da asco; y mientras que nosotros nos pasamos la vida trabajando pa ganar una miseria, ellos se hacen ricos en solo cuatro días.... Generalotes de esos hay que no saben escribir, y han llegao a diputaos... con que dígame ahora si yo tendré razón pa que el alma se me ponga con la guerra como un páramo de fría”.

Hemos dicho que no son pocas las opiniones negativas sobre los militares que podemos encontrar en la literatura de nuestro país. En Peonía, de Manuel Vicente Romero García, publicada en 1890, no es distinta la situación. Casiano y su sobrino Bartolo, dos campesinos brutos, envidiosos y malévolos, que trabajan en la hacienda de uno de los tíos del protagonista, incendian la casa de su patrón y asesinan a los miembros de la familia. Tiempo después, Carlos, el protagonista, se topa con Casiano y Bartolo en la capital. El destino de estos despreciables personajes es muy revelador:

“Dos meses después pasaba por la Casa Amarilla y me sorprendió la presencia de Casiano con un uniforme de general y Bartolo con el de capitán. Ambos estaban en la Guardia de Guzmán”.

La lista de obras literarias venezolanas que incluyen a soldados como personajes es considerable y la mayoría sigue, en distintos grados y matices, los argumentos y calificativos que hemos señalado. A ella podría añadirse la bárbara jauría de soldados que destruye esculturas en Ídolos rotos de Manuel Díaz Rodríguez, de 1901, o la sutil crítica que presenta Julio Garmendia en La tienda de muñecos, de 1927, cuando describe a los soldados de juguete y el lugar privilegiado que ocupan en el estante, o las desproporcionadas calamidades y brutales vejámenes que ocasionan los soldados en Memorias de un venezolano de la decadencia de José Rafael Pocaterra, de 1927, entre muchos otros ejemplos.

La lista es larga, insisto, y este hecho debe llamarnos a la reflexión pues no debería ser tomado como una simple casualidad. A veces la literatura sirve de espejo y lente de aumento con los cuales podemos auscultar y registrar nuestros logros y desaciertos, nuestros anhelos y angustias. Si la literatura es un recurso para conocernos, entonces, por lo que hemos destacado, el militar sale muy mal parado en ese autoexamen.

La literatura ha confeccionado los imaginarios que se han tejido alrededor de los militares y los ha representado, en la mayoría de los casos, como una fuerza negativa que ha corroído la armonía social, bribones sedientos de riquezas, pedestales de caudillos y dictadores. Queda de parte de los soldados de hoy convencernos, con acciones y no solo con palabras, de que su historia puede ser distinta.

De ser así, la literatura sabrá representarla con acierto y dignidad.

Otras páginas

-Un mágico contagio. Plinio, en su Historia natural, hizo la descripción de seres fantásticos que habitaban los límites del imperio romano. Marco Polo, siglos después, hizo su travesía hacia China con el libro de Plinio en su mochila (y en su mente) y vio los mismos seres fantásticos que había señalado el escritor romano. Cristóbal Colón quiso hacer el mismo viaje pero en sentido contrario, hacia el Oeste, y en su camarote (y en su mente) llevaba el libro de Marco Polo; también Colón, y luego los cronistas de Indias, creyendo estar en los territorios por los que anduvo Marco Polo, vieron los mismos extraños seres de Plinio. Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez, entre otros, quinientos años transcurridos desde la llegada de Colón, emprendieron un viaje literario hacia el corazón del Nuevo Mundo y llevaron en su maleta (y en su mente) el diario de navegación de Colón y los relatos de los cronistas de Indias. También vieron una realidad mágica. Los libros son una curiosa enfermedad contagiosa que nos hace ver maravillas donde el resto solo ve una insípida normalidad.

-El libro de la semana. Hay libros que merecen ser releídos asiduamente para no ser víctimas de las mismas desgracias y Guasina, de José Vicente Abreu (1927-1987), es uno de ellos. Publicado en 1974, y escrito a escondidas en los rigores del campo de concentración de Guasina, en el Delta del Orinoco, es un profundo y aterrador relato de la vida (si es que así puede llamarse) dentro de una cárcel de la dictadura perezjimenista. Las torturas físicas y psicológicas, las enfermedades sin posibilidad de tratamiento alguno, el agua y la comida pestilentes como únicos sustentos, las artimañas para poder enviar una breve nota a un familiar o para tener una charla con el compañero de celda, sin ser castigados por los guardias, es lo que Guasina hizo recordar a los venezolanos de la década de los setenta y ochenta que, en su mayoría, habían ya olvidado o no conocieron de cerca la tragedia que significó la limitación de las libertades y la erosión de los derechos humanos. Guasina es un recordatorio de lo que jamás debemos volver a permitir.

-Remedio contra los apuros. “Cada vez que me veo en apuros entro en contacto con las historias, la fantasía. Y soy feliz”. Orhan Pamuk.

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