No hay que subestimar la narrativa de estos regímenes socialistas latinoamericanos. Han tejido su cuento de hadas y con eso han atrapado la atención, no sólo de latinoamericanos, sino de europeos, gringos e incautos en todas partes.

Nunca en sus décadas de servicio pensó Madame Nancy Pelosi que llegaría un día en que daría una clase de educación cívica sobre la separación de poderes. Impensable ha sido para muchos que esto ocurriría en los Estados Unidos de América. La historia ha demostrado que un país llega a ser potencia porque posee una fortaleza constitucional, y el actual jaque mate a la separación de poderes atenta contra la grandeza de esa nación.

Etapas regresivas en la historia, ha habido. Hace varios años en este diario comparé las bondades de un invento tecnológico como el celular, con la separación de poderes como creación humanística. En la era del celular, a nadie se le ocurriría comunicarse con señales de humo, sin embargo, la gente sí sería capaz de tirar por la borda la separación de poderes y regresar a regímenes autoritarios. Imposible cuantificar semejante des-aprendizaje o retraso. Así como a partir del celular se puede contar la historia de la ciencia y la tecnología, asimismo ocurre entre la separación de poderes y la historia del pensamiento. Con un agregado: dicha separación fue también resultado de mucha sangre corrida bajo el río, sufrimiento, prisión, tragedias, exilio, guerras. Por las malas se aprendió que los autoritarismos son extremadamente peligrosos.

Madame Pelosi estaba consciente de esa limitación humana cuando habló al mejor estilo de una maestra de escuela, una vez iniciado el juicio al presidente Donald Trump. A su lado estaba un cuadro con la imagen de la bandera que parecía también una pizarra, y sólo faltaba el marcador. La escena le sirvió para explicar que era su trabajo ser custodio de la Constitución y que nadie estaba por encima de la ley. Acto seguido vino a refrescar a la audiencia sobre el propósito de los “padres fundadores” cuando escribieron la Carta Magna: “Se hizo para establecer que somos una república, no una monarquía”.

Curiosamente, alguien podría pensar que las monarquías son inofensivas. Total, cuando la nobleza sale en sus carrozas con sus guantes blancos, apenas mueven los deditos para saludar a la gente. Pero no era a esa monarquía simbólica a la que se referían los padres de las diversas constituciones en el continente americano, sino a las monarquías absolutas o a cualquier autoritarismo, tiranía, dictadura o calaña similar. Las repúblicas, separación de poderes incluida, son un sistema de avanzada en la formación de las naciones, ¡pero cómo cuesta mantenerlas!

Porque el fantasma del poder siempre anda rondando, como el anillo de la obra de Tolkien. Aquí, en el centro y sur del continente, tenemos a esta peste del Foro de Sao Paulo. En estos días andan los ciudadanos de Medellín preocupados porque se han venido anunciando protestas callejeras y, tienen información de que hay un grupo que seguirá el mismo guión usado contra el metro y los bienes públicos de la ciudad de Santiago. Llama la atención cuán organizados están los civiles para apoyar a la Policía y así resguardar el carácter pacífico de la protesta. Saben muy bien que la peste del castrochavismo está buscando desestabilizar los gobiernos de la región.

Tengo la teoría que aunque Chile hubiese tenido mejor movilidad social, mayor cumplimiento de las leyes laborales, es decir, de haber sido una tacita de plata, este grupo igual hubiese inventado alguna patraña para atacar al país. Están desesperados y es por dinero y poder, pues en el caso de Cuba y Venezuela, están acorralados. Cuba seguirá apelando a sus estrategias de guerra asimétrica, y sobre todo, a sus sempiternas historias. Historias que aún marean a alguna gente por allí, y que son la antesala a autoritarismos.

Como puede inferirse de la iniciativa de Medellín, es en la conciencia del ciudadano donde reside la defensa de un sistema de libertades. Es por eso que los gobiernos democráticos deben trabajar mucho en educar a sus ciudadanos, legislar, ser lo más justos posibles en la repartición de los recursos, pero en la misma medida, deben sus líderes tener garra para el poder. Ser demócratas no significa estar pasivos ante una confrontación que viene a asaltar una Constitución y capturar a sus líderes. Rómulo Betancourt fue criticado por ser maquiavélico, pero la verdad es que él sabía demasiado bien lo que estaba en juego. Pudo contra Fidel y contra la guerrilla, y aun así fue víctima de un atentado planificado por el entonces dictador de la República Dominicana, Rafael Trujillo. La vida de Betancourt pudo haber sido más larga de no haber sido por las lesiones que recibió en ese ataque, así que en ese sentido, sí dio la vida por Venezuela.

No hay que subestimar la narrativa de estos regímenes socialistas latinoamericanos. Han tejido su cuento de hadas y con eso han atrapado la atención, no sólo de latinoamericanos, sino de europeos, gringos e incautos en todas partes. Por allí anda Evo Morales diciendo que lo están ninguneando por indio. Pero como le dijo Madame Nancy Pelosi al presidente Trump: “nadie está por encima de la ley”. Ni millonario, ni militar, ni negro, ni blanco ni el indio Evo Morales, por mucho que nos enorgullezca que él haya llegado a la presidencia de Bolivia. Sin duda hay que tener temple para ser el guardián de la Constitución, sino que lo diga Juan Guaidó y la Asamblea Nacional de Venezuela.

Son estos tiempos de indagar sobre la vulnerabilidad de la separación de poderes en los sistemas presidenciales. En los Estados Unidos no habían tenido ese dilema en más de doscientos años, gracias a que los presidentes se venían guiando por el espíritu de las leyes. No obstante, la presidencia de Donald Trump ha demostrado que sí es posible para el presidente de ese país dar un golpe de Estado. Repensar la guardia del anillo, el control del poder, esos son los retos del hoy y del mañana.

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